me encanta. me fascina ese ruido que emite el hielo al primer contacto con el whisky. es mágico, casi sublime.
a los veinte me sería imposible apreciar estas cosas, cosas como la calidad de un destilado de doce, la luna llena o la cadencia de un saxo. cosas de la edad, dicen. yo pienso que son regalos que llegan con los años.
me acerco a la ventana, prendo un cigarrillo y continúo pensando en lo de siempre, la misma jodida trilogía de siempre. pero no importa, solo espero el día de regreso, el retorno a esa isla encantadora. ese pequeño lugar al sur de taliandia.
ese lugar especial en donde no necesito responder ningun e-mail. sin ordenadores, sin celulares ni llamadas que atender. solamente la arena blanca, el mar turquesa y ese clima tropical que hace más exquisita la cerveza que tienes en tu mano derecha.
no he llegado a conocer demasiados lugares, pero aun así, podría afirmar que se trata del mejor lugar para desintoxicar el espiritu y de paso, arrojar todo ese estrés que te cargas en las metrópolis.
acabo de regresar de mi cuarto viaje a tailandia, pero mis neuronas aún se encuentran por allá, relajadas, divagando, negandose a retornar aún de ese lugar alucinante y perdido en el sudeste asiático.
aún estoy allá, sentado en aquel bar, a escasos metros del mar observando aquellas aguas turquesas, sintiendo como su brillo ilumina mi rostro.
aun estoy allá, bebiendome una singha beer mientras intercambio algunas palabras con un viejo conocido. no recuerdo su nombre, pero es el jefe de mis amigos que tengo en la isla y obvio trabajador que pertenece a la mafia local.
parece un buen tipo a pesar de su aspecto malhumorado y hosco. le ofrezco una cerveza, pero él, con un gesto adusto pero amable, declina a mi ofrecimiento.
estos tipos son de primera, pienso. humildes pero con una educación innata que ya desearia hasta en mis propios compatriotas.
intento entablar algun tipo de conversación. le confieso entonces sobre mi eterno sueño, mi eterno proyecto de abrir un bar frente al mar. y él, mientras que con el rabillo del ojo vigila a su pequeña hija que corre sobre la arena, fija su rostro hacia mi, y con esa mirada áspera que lo caracteriza, me explica que cualquier negocio en la playa es imposible para un extranjero como yo. "la playa pertenece a la mafia", me afirma, ensayando a duras penas una ligera sonrisa. parece que le cuesta sonreir.
da igual, me cae bien este señor, siento que en el fondo es buen tipo, un buen padre.
se me acaba la cerveza pero continúo escuchando sus relatos. ahora me cuenta una historia sobre un bar, aquel local famoso de la playa, el más popular entre los jovenes turistas. problemas de drogas, policias y no recuerdo qué más. nada que no haya visto o escuchado yo en otros lugares.
la lluvia no tarda en aparecer y siento que la conversación está llegando a su fin. el tipo gira la mirada de un lugar a otro como buscando a su hija y se retira casi sin despedirse, mientras en el bar se escucha "put your records on" de corinne bailey rae y me suena increíble. observo el horizonte y, como raramente acontece, soy consciente que estoy pasando un momento feliz. ¿por qué la gente no percibe que está feliz cuando la está pasando muy bien?
termino de fumar el cigarrillo y cierrro la ventana para no congelarme más el rostro.
las memorias se suspenden. súbitamente pienso en las cosas que tengo por hacer y la vida que me toca seguir en este país. entonces todo se vuelve más gris. es irónico, es como tener que pasar un tiempo en el infierno para disfrutar unos instantes en el paraíso. aun así, sé que es exagerado pensar que tokyo es una ciudad maldita, no lo es. esta es una ciudad segura, bastante divertida si se quiere, conveniente, lucrativa, glamorosa... pero cuando recuerdas los días en aquella pequeña y humilde isla, te das cuenta que la vida tiene algo mejor para ofrecerte.
se ha convertido en un vicio, una práctica exagerada, lo siento así. regresar a esa pequeña isla ubicada en un punto casi perdido en el sudeste asiático cada seis meses se ha vuelto una rutina, una rutina tan indispensable como descansar los domingos o ir de fiestas con los amigos.
es mi cuarto viaje a tailandia en menos de dos años y, por consiguiente, ya he sido motivo de bromas o he despertado suspicacias por parte de algunas amistades. lo sé, reconozco que aquel país es considerado como un paraíso sexual... y bueno, quizás están en lo cierto. pero tailandia no es simplemente eso, es algo más. tailandia no es solamente sinónimo de libertinaje sexual.
y no importa. no me importa en nada esa "puta" reputación que pueda tener ese país. no, tailandia es mucho más que sexo, prostitución o problemas políticos. tailandia es el sur, ese sur maravilloso de playas paradisiácas, ese país de lenguaje imposible pero de fácil comunicación.
pienso en aquella isla y lo primero que se me viene a la mente es paz. las playas calmas, limpias y de aguas turquesas. la comida estupenda, la vida sosegada y tranquila. un pequeño paraíso de gente sociable y sonriente. es otro mundo, un universo paralelo. gracias señor boyle por realizar aquella película, aquella película algo floja pero al fin y al cabo punto de ignición para mi primer viaje.
esperar. nada más que esperar otros seis meses para pisar otra vez aquella arena blanca, nadar en esas aguas transparentes y pacíficas. unos meses más para volver a conversar con mis buenos amigos que trabajan en la playa y observar a las turistas caminar en sus trajes de baño, mientras hablamos del clima, de la pesca y cualquier cosa simple, tonta, pero positiva. son amistades sinceras, lejos de esos intereses tan comunes que hay en las grandes ciudades. esperar otros seis meses más para quizás encontrarme nuevamente con ella, que sin ser mi novia, ni mucho menos estar liados en enredos amorosos, la pasamos siempre bien. sin exigencias mutuas, sin compromisos, sin promesas vanas... simplemente compartiendo una buena compañía y buen sexo, hasta que se acaben los preservativos o las energías mientras dure la noche...
